Entradas de Agosto 2008
Mi bisabuela es un bastón negro que aún conservamos; es dos pájaros que vi envejecer al tiempo que ella se arrugaba y se encogía. Las migas de pan que tiraba a los gorriones a escondidas de mi abuela, subida en una silla de mimbre para salvar la barandilla de la terraza; nos escondíamos en silencio para verlos llegar saltando y llevarse las migajas. Es el cura de la iglesia, que murió muchos años después, cuando murió mi infancia. Unos sobres con caballos y soldados de plástico, pegados unos a otros, que comprábamos en el camino hacia el metro, atravesando el subterráneo. Cuando perdía jugando a la brisca, arrojaba las cartas sobre la mesa y gritaba que habíamos hecho trampa. Un día cualquiera subía con un regalo (conservo la mayoría, y va para veinte años): cuadernos, agendas, bolígrafos… En sus últimos meses, antes de morir, me chistaba desde la habitación cuando nadie más escuchaba y me daba algo suyo, casi siempre algo que mi madre o mis tías le habían regalado. Así fui, como una urraca-bisnieta, sacando de a poco los tesoros de su nido para ponerlos a salvo, antes de que la demencia la llevara a ella. Con cada objeto me llevaba, quizá, un resto de su memoria.
La habitación quedó vacía; murió en aquella cama desde la que me llamaba, de la que no pudo levantarse en los últimos meses y en la que nunca más fui capaz de dormir. Su recuerdo sigue junto a la estantería de mimbre de la que cogía los recuerdos que me iba entregando; hasta el día en que, arrugada y pequeña, decidió quedarse en una infancia desde la que no nos reconocía, porque no habíamos nacido aún; nos habíamos consumido con su piel, con su pena por perder un nieto tan joven, con su memoria que no encontraba ya nada en lo que creer.
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Etiquetado: Ellos

“… y me dejo invadir por los recuerdos, los míos y los de otros, y me digo que sin ellos y sin las ruinas de esos recuerdos, sin la memoria, sería más angustioso darse cuenta de que cuanto más crece nuestra memoria, más crece nuestra muerte. Porque el hombre no es más que una máquina de recordar y de olvidar que camina hacia la muerte. Y no digo eso con tristeza porque también es cierto que la memoria, disfrazándose de vida, convierte la muerte en algo sutil y tenue.
Danzan para mí los recuerdos y me adhiero al tejido imprescindible de mi memoria y de mi identidad (…) y me digo que soy alguien porque recuerdo, es decir, soy porque recuerdo, soy aquel a quien la memoria le ha ayudado siempre evitándole caer en una angustia total, le ha ayudado durante años con sus relámpagos y destellos luminosos en los que, como un rayo de sol, danza para mí cada día, encantador y trágio, el polvo trágico del tiempo.”
(C) Enrique Vila-Matas
El mal de Montano
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Etiquetado: Esencias

“Leer es recibir ese anillo. Descubrirlo en los lugares más inesperados y prolongar por él la larga cadena de la vida, una cadena en la que todo cabe, porque la vida no sería nada sin la posibilidad del prodigio. No es difícil entender a qué quiero referirme cuando hablo de lo prodigioso. A que el mundo tal vez no sea un lugar justo, pero que hasta en los instantes en los que mayor es el dolor nos basta con extender las manos para alcanzar una brizna de su belleza inagotable. El anillo, que es el símbolo de la imaginación, pone en nuestras manos esa belleza. Tal vez no nos promete la felicidad, pero sí nos enseña que la vida es un don demasiado precioso, y que basta con que aprendamos a hacernos dignos de recibirlo para hacer de ella el reino de la infinita posibilidad”.
(c) Gustavo Martín Garzo
El hilo azul
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Etiquetado: Escribir

Aquel R8 naranja tenía los mismos años que yo; nació en 1976. Murió, si no recuerdo mal, a los veinte, envestido el pobre por un coche de policía que se saltó un semáforo en rojo sin señales sonoras. Nos dejó el recuerdo de sus asientos de escay: calor en verano, frío en invierno. Me encantaba rascar el techo con las uñas. El hospital nos devolvió un padre con la cabeza llena de cristales y las instruccciones de aspirárselos con un pañuelo en la cabeza; un pañuelo de tela, de ésos que todos los hombres de bien llevaban en el bolsillo de la camisa para socorrer a las damas antes de que se extendieran los asépticos kleenex.
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Etiquetado: Años 80
Hace ya unos meses que subo al desván. Subo, y punto. Es difícil encontrar un hilo del que tirar. Me planto en la puerta mirando las cajas, hay cosas que ni siquiera están guardadas. Las tardes de agosto, quietas como un desierto en las Vegas, apetece más. Hay tiempo para volver a un peaje hace veinte años, con un R8 y un aviso de Radio Nacional, y recoger una casete de la DGT con sketches de Gomaespuma y canciones de los 70 que me despertaron un amor irremediable por la pachanga y los idiomas. Campos de Castilla; en ellos he visto, como en ésas películas de las Vegas, cardos que cruzaban carreteras. Luna dixit.
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Etiquetado: En el desván