
Aquel R8 naranja tenía los mismos años que yo; nació en 1976. Murió, si no recuerdo mal, a los veinte, envestido el pobre por un coche de policía que se saltó un semáforo en rojo sin señales sonoras. Nos dejó el recuerdo de sus asientos de escay: calor en verano, frío en invierno. Me encantaba rascar el techo con las uñas. El hospital nos devolvió un padre con la cabeza llena de cristales y las instruccciones de aspirárselos con un pañuelo en la cabeza; un pañuelo de tela, de ésos que todos los hombres de bien llevaban en el bolsillo de la camisa para socorrer a las damas antes de que se extendieran los asépticos kleenex.
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Hace ya unos meses que subo al desván. Subo, y punto. Es difícil encontrar un hilo del que tirar. Me planto en la puerta mirando las cajas, hay cosas que ni siquiera están guardadas. Las tardes de agosto, quietas como un desierto en las Vegas, apetece más. Hay tiempo para volver a un peaje hace veinte años, con un R8 y un aviso de Radio Nacional, y recoger una casete de la DGT con sketches de Gomaespuma y canciones de los 70 que me despertaron un amor irremediable por la pachanga y los idiomas. Campos de Castilla; en ellos he visto, como en ésas películas de las Vegas, cardos que cruzaban carreteras. Luna dixit.
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