El desván de la luna

Migas de pan

Agosto 30, 2008 · 3 comentarios

Mi bisabuela es un bastón negro que aún conservamos; es dos pájaros que vi envejecer al tiempo que ella se arrugaba y se encogía. Las migas de pan que tiraba a los gorriones a escondidas de mi abuela, subida en una silla de mimbre para salvar la barandilla de la terraza; nos escondíamos en silencio para verlos llegar saltando y llevarse las migajas. Es el cura de la iglesia, que murió muchos años después, cuando murió mi infancia. Unos sobres con caballos y soldados de plástico, pegados unos a otros, que comprábamos en el camino hacia el metro, atravesando el subterráneo. Cuando perdía jugando a la brisca, arrojaba las cartas sobre la mesa y gritaba que habíamos hecho trampa. Un día cualquiera subía con un regalo (conservo la mayoría, y va para veinte años): cuadernos, agendas, bolígrafos… En sus últimos meses, antes de morir, me chistaba desde la habitación cuando nadie más escuchaba y me daba algo suyo, casi siempre algo que mi madre o mis tías le habían regalado. Así fui, como una urraca-bisnieta, sacando de a poco los tesoros de su nido para ponerlos a salvo, antes de que la demencia la llevara a ella. Con cada objeto me llevaba, quizá, un resto de su memoria.

La habitación quedó vacía; murió en aquella cama desde la que me llamaba, de la que no pudo levantarse en los últimos meses y en la que nunca más fui capaz de dormir. Su recuerdo sigue junto a la estantería de mimbre de la que cogía los recuerdos que me iba entregando; hasta el día en que, arrugada y pequeña, decidió quedarse en una infancia desde la que no nos reconocía, porque no habíamos nacido aún; nos habíamos consumido con su piel, con su pena por perder un nieto tan joven, con su memoria que no encontraba ya nada en lo que creer.

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Recordar

Agosto 30, 2008 · 2 comentarios

“… y me dejo invadir por los recuerdos, los míos y los de otros, y me digo que sin ellos y sin las ruinas de esos recuerdos, sin la memoria, sería más angustioso darse cuenta de que cuanto más crece nuestra memoria, más crece nuestra muerte. Porque el hombre no es más que una máquina de recordar y de olvidar que camina hacia la muerte. Y no digo eso con tristeza porque también es cierto que la memoria, disfrazándose de vida, convierte la muerte en algo sutil y tenue.

Danzan para mí los recuerdos y me adhiero al tejido imprescindible de mi memoria y de mi identidad (…) y me digo que soy alguien porque recuerdo, es decir, soy porque recuerdo, soy aquel a quien la memoria le ha ayudado siempre evitándole caer en una angustia total, le ha ayudado durante años con sus relámpagos y destellos luminosos en los que, como un rayo de sol, danza para mí cada día, encantador y trágio, el polvo trágico del tiempo.”

(C) Enrique Vila-Matas

El mal de Montano

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