La primera película que me quitó el sueño fue una versión en blanco y negro del Fantasma de la Ópera. El fantasma vagaba por un mundo paralelo, oscuro y agobiante pero a la vez sobrio y puro; su propio mundo, el laberinto de sus emociones. En la parte superior del edificio se representaban obras que exaltaban una belleza inalcanzable; fingían también los espectadores, demasiado maquillados y demasiado pendientes de lo que aparentaban ser. El fantasma no podía aparentar, no era más de lo que era. Se escondía de si mismo, de una fealdad necesaria para que el otro mundo fuera verosímil y sostenible. Esos dos lugares existen, también, dentro de cada uno de nosotros. Algo me atraparía de aquella película para temer tanto al fantasma, porque no recuerdo haber tenido tanto miedo con ninguna otra. Pasé la noche en vela, escondida debajo de las sábanas, temblando porque en cualquier momento vendría a buscarme. Quizá ya me hubiera llevado con él; quizá viendo aquella película crucé la frontera, y desde entonces vivo con el desasosiego y la necesidad de no estar del todo en este lado ni manejar los conjuros que me llevan al otro; y quizá, sólo porque pasé la noche debajo de unas sábanas que no podían ya protegerme, escribo y vago como Diógenes, con un farol entre la multitud, buscando.
