
Caminabas por una senda tan estrecha que era imposible no caer al vacío; tuviste que darte cuenta. Claro que irías absorto en pensamientos fragmentados, en imágenes que recoger en tus cuadros. ¿En qué pensabas entonces, mientras escuchabas las piedras que a tu paso rodaban y se precipitaban al mar? Te conozco bien. Era una noche fría, la temperatura no subió de los cinco grados, una lluvia fina caía desde la mañana. Así que tal vez echaras de menos tu abrigo negro. Seguro que maldijiste no haberlo llevado contigo, más aun cuando dudaste qué hacer al salir de casa. Dos veces te preguntaste en voz alta si debías cogerlo, y dos veces te respondiste que no hacía tanto frío.
Han pasado tres meses, y he sido capaz por fin de venir a este lugar. Llevo un rato parada en el acantilado, donde una cruz de madera en la que no creías me recuerda que en este lugar se grabaron tus últimas huellas justo antes de caer. El lugar es hermoso, digno de tu arte. Sí, estoy segura de que fue así. Ahora entiendo por qué te encontramos con una sonrisa maliciosa dibujada en el rostro. Cuando ya uno de tus pies había resbalado en el barro y perdiste el equilibrio, cuando la muerte vino a buscarte y tiró de tu brazo hacia abajo, recordaste el abrigo. En ese último momento te imaginaste plasmado en un cuadro, y pensaste:
- Qué bonito habría sido que encontraran mi cuerpo en la arena, cubierto con el abrigo, extendido como si en este último vuelo la tela se hubiese convertido en mis alas fallidas.
Lidia Luna
Seleccionado para publicación en el I Certamen de Relato Hiperbreve Ciudad de Elche
0 respuestas hasta el momento ↓
Todavía no hay comentarios... Empiece usted rellenando el siguiente formulario.