El desván de la luna

El traje gris

Enero 24, 2009 · Dejar un comentario

Andrea levantó la vista del cuento para mirar a su padre, que le acariciaba el pelo con los ojos enrojecidos.

-El abuelo ha muerto -le dijo. Luego volvió a dejarla sola.

Andrea miró el dibujo de un hada diminuta flotando encima de una flor. El abuelo llevaba varios meses enfermo. El jueves, cuando llegó del colegio, su madre le dijo que estaba peor y que irían al pueblo el fin de semana. Le recordó tal y como le había visto por última vez, sentado en aquel mismo banco de madera junto a la estufa de carbón, afilando con la navaja los lápices de colores. Cogió la lata donde estaban las pinturas y cerró los ojos; el  olor a serrín y arco iris le hizo sentir por unos instantes que seguía a su lado.

El padre regresó con su abrigo en la mano, y le dijo que se iban al tanatorio. Andrea se sentó en la parte trasera del coche y pasó el viaje haciendo y deshaciendo las trenzas de su muñeca con la ayuda de un pequeño peine de plástico, mientras le contaba en silencio que el abuelo las observaba sonriente desde algún lugar muy por encima de la tierra.

Ya en el tanatorio, le sorprendió ver cómo todos se acercaban a decirle a su padre lo mucho que lo sentían. ¿Por qué no dejaban de recordarle lo que había pasado? Parecía ausente unas veces, a punto de caerse otras. Una vez dentro de la pequeña sala, continuaron los apretones de manos. Andrea se sentó en un banco, y su tía Marga se acercó a decirle lo valiente que había sido su abuelo durante la guerra. Luego la cogió de la mano y le dijo: “ven, vamos a despedirnos de él”. Caminaron hasta el cristal. Detrás estaba el cuerpo de su abuelo. Llevaba puesto un traje gris que nunca antes le había visto; se preguntó si le habían disfrazado para que pareciera un poco menos él, o si los muertos tienen que ir elegantes a algún sitio. Tenía una sonrisa extraña en el rostro; no era la misma que ella le había imaginado en el coche. La barbilla mucho más afilada de lo normal, y un tono amarillento y feo. La piel, estirada y brillante, como de cera, igual que la de su muñeca. De pronto llegaron unos hombres y bajaron la tapa del ataúd.

Camino de la iglesia, Andrea cerró con fuerza los ojos para evocar de nuevo la imagen de su abuelo afilando los lápices, pero no consiguió cambiar aquella imagen por la que acababa de ver. Cuando llegaron al templo, su padre se adelantó para seguir recibiendo pésames. Andrea tiró de la camisa de su madre y le susurró: “mamá, al abuelo no le gustaba nada el color gris”.

26.05.05

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