
Aquel R8 naranja tenía los mismos años que yo; nació en 1976. Murió, si no recuerdo mal, a los veinte, envestido el pobre por un coche de policía que se saltó un semáforo en rojo sin señales sonoras. Nos dejó el recuerdo de sus asientos de escay: calor en verano, frío en invierno. Me encantaba rascar el techo con las uñas. El hospital nos devolvió un padre con la cabeza llena de cristales y las instruccciones de aspirárselos con un pañuelo en la cabeza; un pañuelo de tela, de ésos que todos los hombres de bien llevaban en el bolsillo de la camisa para socorrer a las damas antes de que se extendieran los asépticos kleenex.