Mi bisabuela es un bastón negro que aún conservamos; es dos pájaros que vi envejecer al tiempo que ella se arrugaba y se encogía. Las migas de pan que tiraba a los gorriones a escondidas de mi abuela, subida en una silla de mimbre para salvar la barandilla de la terraza; nos escondíamos en silencio para verlos llegar saltando y llevarse las migajas. Es el cura de la iglesia, que murió muchos años después, cuando murió mi infancia. Unos sobres con caballos y soldados de plástico, pegados unos a otros, que comprábamos en el camino hacia el metro, atravesando el subterráneo. Cuando perdía jugando a la brisca, arrojaba las cartas sobre la mesa y gritaba que habíamos hecho trampa. Un día cualquiera subía con un regalo (conservo la mayoría, y va para veinte años): cuadernos, agendas, bolígrafos… En sus últimos meses, antes de morir, me chistaba desde la habitación cuando nadie más escuchaba y me daba algo suyo, casi siempre algo que mi madre o mis tías le habían regalado. Así fui, como una urraca-bisnieta, sacando de a poco los tesoros de su nido para ponerlos a salvo, antes de que la demencia la llevara a ella. Con cada objeto me llevaba, quizá, un resto de su memoria.
La habitación quedó vacía; murió en aquella cama desde la que me llamaba, de la que no pudo levantarse en los últimos meses y en la que nunca más fui capaz de dormir. Su recuerdo sigue junto a la estantería de mimbre de la que cogía los recuerdos que me iba entregando; hasta el día en que, arrugada y pequeña, decidió quedarse en una infancia desde la que no nos reconocía, porque no habíamos nacido aún; nos habíamos consumido con su piel, con su pena por perder un nieto tan joven, con su memoria que no encontraba ya nada en lo que creer.